Destrucción, posesión e iluminación

El mundo animal, el mundo humano y el mundo divino: el mundo de la destrucción, el mundo de la posesión y el mundo de la iluminación.

Destrucción es un término muy complicado. En el mundo animal, la destrucción es a veces necesaria para la supervivencia. Pero en otras circunstancias la destrucción es una fuerza negativa, una fuerza de oscuridad, no alentadora, provechosa o fructífera en absoluto. Incluso el mundo del pensamiento, tan provechoso en la vida humana, puede ser totalmente destructivo. No necesitamos a otros para destruirnos. Un pensamiento negativo, insano, es suficiente para destruir nuestro equilibrio mental, y cuando perdemos nuestro equilibrio mental lo perdemos todo.

Al respirar, inhalamos muchas diminutas creaciones de Dios. Para vivir tenemos que respirar, y aquellas tienen que ser nuestras víctimas. Cuando las matamos, el corazón benévolo en nosotros, en virtud de su unidad, debería sentirse desgraciado. Pero cuando entramos en el plano más profundo, vemos que esa llamada destrucción no es tal destrucción en absoluto. En el Plan Cósmico de Dios, esa es la manera adecuada para continuar nuestra vida. Lo que algunos pueden llamar destrucción, es en realidad un paso adelante para esas criaturas de Dios, puesto que el alma evoluciona mediante el proceso de la muerte y el renacimiento.

En el mundo de la posesión, poseemos con el fin de disfrutar. Pero al poseer discriminamos. Queremos esto; no queremos aquello. Debido a nuestro sentido de separatividad, preferimos esto ante aquello, pero lo preferimos conforme a nuestra manera humana. Preferimos las cosas que nos estimulan o nos dan alegría y satisfacción inmediata. En el caso de Dios, no existe discriminación. Él lo ve todo como Suyo, y siente una tremenda utilidad y necesidad dentro de todo.

Queremos poseer el mundo pero, nuestra capacidad de receptividad es tan limitada que, tenemos que elegir entre esto y aquello. En el caso de Dios, Él no elige, no tiene una preferencia; Él lo posee todo. Él quiere hacer emerger Su propia Divinidad, la cual ha implantado en cada una de Sus creaciones. Incluso las fuerzas destructivas de la ignorancia contienen algo de luz. Por lo tanto, Dios quiere hacer emerger la luz infinitesimal que incluso las fuerzas de la ignorancia poseen. Al igual que Dios, nosotros tenemos que ver también la divinidad en las fuerzas de la ignorancia. No miremos primordialmente al mundo exterior; no prestemos toda la atención al cuerpo externo, que puede no ser divino. En vez de tratar con el cuerpo externo de la creación, trataremos principalmente con la divinidad, la realidad interna de la creación, e intentaremos transformar la realidad del cuerpo, de manera que llegue a ser tan perfecta como la realidad del alma.

En el mundo divino, la iluminación es la perfección. Esta iluminación jamás rechazará el mundo de la posesión o el mundo de la destrucción. Puede fácilmente albergar en su interior al mundo de la destrucción y al mundo de la posesión. La iluminación, cuando penetra en el mundo de la destrucción, hace emerger la energía, puesto que la destrucción tiene tremenda energía. Hace emerger el aspecto de energía de la creación de Dios y lo utiliza entonces para un propósito divino. Cuando penetra en el mundo de la posesión, lo posee todo; no excluye nada. Hace aflorar la esencia de la divinidad que hay en todas las cosas. Cuando lo Divino emerge, incluso el cuerpo externo puede ser transformado fácilmente. El mundo de la iluminación no excluye al mundo de la posesión ni al mundo de la destrucción. La iluminación es el mundo de la aceptación.

Dios ha creado el mundo entero para Su propia Satisfacción. Pero Su Satisfacción no es como la nuestra. Nuestra satisfacción es reclamar y poseer, y decir: “Esto es mío; esto es lo que tengo”. En el caso de Dios, Él siempre ve Su creación y Su propia Existencia como una sola cosa. En nuestro caso, la posesión implica siempre a alguien o algo más. Decimos: “Yo soy el poseedor, tú eres la posesión”. Entonces sentimos que somos superiores a nuestra posesión, ya que podemos hacer lo que queramos con ella. Pero Dios siente que Él y Sus posesiones son una misma cosa; son iguales.

Algunas veces la creación se opondrá al creador. Los padres son los creadores de sus hijos. Cuando los hijos crecen y llegan a la adolescencia, a menudo se rebelan. La creación puede hacerse fuerte e ir más allá de la visión del creador. En el caso de Dios, Él crea algo con Su Visión, y si esa creación va más allá de Su Visión-Realidad, no se siente triste ni desgraciado. Al contrario, eso es lo que realmente quiere. En el mundo de la Visión de Dios Él ve una Realidad pero, dentro de esa Realidad, hay muchas realidades floreciendo plenamente.

Si conseguimos lo que queremos, quedamos satisfechos por un rato. Pero si obtenemos el uno por ciento más, a menudo no estamos satisfechos, porque no es exactamente lo que queríamos. Queremos poseer, pero si viene algo más o algo menos de lo que queríamos, ya no estamos satisfechos porque, el deseo humano es tan limitado que, queremos esa cosa de la manera exacta en que nuestra mente la concibió. En el caso de Dios, en cuanto Él proyecta Su Visión, ya queda satisfecho. Incluso cuando la manifestación no sea la misma, Él obtiene tremenda alegría. En nuestro caso, después de haber proyectado nuestra voluntad, esperamos un cierto tipo de resultado, y si el resultado no se acerca a nuestra expectativa, nos sentimos desgraciados. En el caso de Dios, Su proyección misma es más que suficiente para Satisfacerle.

A veces la destrucción no sólo es necesaria para la supervivencia sino también para hacer salir la energía dinámica que en este momento está siendo empleada de un modo destructivo. De lo contrario, el mundo del letargo y la somnolencia cubrirá la energía indomable del alma. La posesión en sí misma no es mala, pero hemos de saber qué poseer. Hemos de saber que las cosas que realmente necesitamos son el deber, la belleza, la luz y el deleite. Estas cosas tenemos que hacerlas salir al frente. No poseeremos las cosas que nos van a poseer incluso cuando nosotros las poseamos, sino las que entonarán el canto de unidad. La iluminación es la aceptación de todo –la destrucción, la posesión, todo– pero sólo por la causa de la transformación. Tenemos que aceptar, hacer emerger y transformar.

La mente se encuentra ahora en el mundo humano, el mundo de la tentación. Los ojos ven algo hermoso y tientan de inmediato a la mente para que vaya y se apodere de ello. Los oídos oyen algo hermoso y tientan de inmediato a la mente para que vaya y se apodere de ello. Cada parte del ser está expuesta a la tentación y es asaltada por la tentación.

Dentro del mundo de la tentación hay una batalla constante, una lucha crítica entre la tentación y la iluminación. La tentación quiere ampliar su propia frontera pero, incluso cuando se expande, aún no queda satisfecha, porque la tentación siempre va seguida por la frustración. Por eso, está mirando constantemente a su alrededor en busca de la satisfacción duradera, aquí, allá, en todas partes. Finalmente, cuando ve a la iluminación, se rinde, pues ve que la iluminación encarna la satisfacción.

La iluminación abarca el mundo de la destrucción, el mundo de la posesión y el mundo de la tentación. Siempre deberíamos procurar dirigirnos hacia la iluminación, para salvar nuestra vida ligada a la tierra del mundo de la destrucción, y para transformar nuestra vida ligada a la tierra en el mundo libre del Cielo.

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12 de Julio, 1977
Jamaica High School Track
Jamaica, New York