El hombre inmortalizado
Para perfeccionar nuestra vida humana, lo que más necesitamos, con diferencia, es el deleite de nuestra alma. Cuando vivimos en lo físico, las innumerables nubes del deseo son naturales, necesarias e inevitables. Cuando vivimos en el alma, las siempre ascendentes llamas de la aspiración son naturales, necesarias e inevitables.Cuando vivimos en el alma cultivamos espontáneamente a Dios. Su Paz, Su Dicha y Su Poder se hacen nuestros, absolutamente nuestros. Crecemos en nuestra perfección espiritual. Esta perfección es, al mismo tiempo, nuestra herencia divina en un cuerpo humano y nuestro derecho innato sobrenatural en el suelo terrenal.
Lo humano en nosotros debe vivir bajo las alas protectoras del alma. Lo divino en nosotros debe volar y volar en el Más Allá con las alas desplegadas del alma. Lo humano en nosotros debe, antes o después, necesitar la transformación. Lo divino en nosotros debe, antes o después, necesitar la manifestación.
Lo esperamos todo de Dios. Esto es sumamente bueno y perfectamente razonable pues, ¿quién más puede colmarnos, tanto en el Cielo como en la tierra? Dios es nuestro rostro dentro; Dios es nuestra sonrisa fuera.
Dios lo determina todo en nosotros, a través de nosotros y para nosotros. Él es totalmente incondicional e infinitamente abnegado. A Él servimos. Nuestro servicio dedicado Le hace visible.
El logro del hombre es un milagro supremamente inigualable.
El logro de Dios es el casamiento de Su Infinito con Su finito.
¡He aquí! Dios descubierto, el hombre inmortalizado.
